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La filosofía de la ciencia del siglo XX se centró ante todo en el conocimiento científico, pero en las dos últimas décadas se está desarrollando una filosofía de la práctica científica. Esta tendencia a investigar cómo es la práctica científica, y no sólo el conocimiento que genera, también es creciente entre los sociólogos e historiadores de la ciencia. Partiendo de la hipótesis de que diversos sistemas de valores guían las acciones humanas y permiten evaluar tanto los objetivos propuestos como los resultados alcanzados, es posible analizar la actividad científica desde una perspectiva axiológica. Puesto que (segunda hipótesis) parte de la ciencia se ha convertido en tecnociencia, una de las tareas de la filosofía de la práctica tecnocientífica consiste en indagar qué valores son dominantes en la tecnociencia contemporánea (tecnologías de la información y la comunicación, biotecnologías, nanotecnologías, convergencia tecnológica, etc.). Como tercera hipótesis se mantendrá que la tecnociencia no la hacen las comunidades científicas, sino las empresas y agencias tecnocientíficas, sean públicas o privadas. La agencia tecnocientífica tiene una composición plural (científicos, ingenieros, técnicos, empresarios, inversores, políticos, juristas, gestores y, en muchas ocasiones, militares), lo que da lugar a conflictos de valores entre dichos agentes, cada uno de los cuales intenta promover su propio sistema de valores. Por lo general, en la tecnociencia contemporánea priman los valores económicos y empresariales, no los sociales ni medioambientales. Ello genera desconfianza social con respecto a determinadas líneas de investigación. En conjunto, cabe afirmar que los valores epistémicos propios de la ciencia están subordinados a los valores empresariales, políticos y militares. Las nanotecnologías son un buen ejemplo de ello.
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